sábado, 28 de enero de 2012

¿Los recuerdos son algo que tenemos o algo perdido?

Existe una frase de Sócrates que dice: “La vida no examinada no merece la pena ser vivida”. ¿Será cierta la anterior premisa? O será ocioso preguntarse el famoso: ¿Qué hubiera pasado si?.

¿Qué ocurre cuando oímos aquello que sabemos y que nos negamos a admitir? ¿Es posible vivir una mentira que nosotros mismos hemos creado y alimentado durante años?, ¿Qué es mejor? Y lo más atemorizante: ¿Qué sucede cuando se voltea atrás?.

Lo anterior son algunas interrogantes y puntos que maneja la película de Woody Allen, Another Woman (1988), película que sigue siendo tan actual como lo fue hace veinte años. Una historia que plasma quiebres emocionales, las consecuencias del autoengaño, el vacío, relaciones frustradas, pérdidas y miedos.

Sobre la historia Bergmaniana de Woody Allen

Another Woman es el drama de Marion Post, protagonizada por Gena Rowland, una mujer que recientemente cumplió cincuenta años, profesora de filosofía, llena de éxito profesional y experiencias pero esconde un vacío existencial que ella misma desconoce (o no quiere verlo). Esto a partir de escuchar las sesiones de su vecino psicoanalista. De la rejilla de la pared sale la quebrantada voz de otra mujer, una voz que será el principio de una ruptura en la vida de la protagonista y que la hará cuestionarse sobre dónde está parada.

La cinta gira en torno al autoengaño y la decepción, llena de nostalgia y melancolía.

Mantiene un ritmo pausado, va avanzando de forma natural pero conmovedoramente como un sueño, entre flashbacks, imágenes oníricas y simbólicas (La escena del teatro), y como en otras películas de Woody Allen, dentro de la cabeza del protagonista, a la par acompañada bajo la música de Eric Satié y Sebastian Bach.

Es conocido el hecho que Woody Allen es gran admirador del cineasta sueco Ingmar Bergman, en su filmografía se pueden hallar referencias al cine de éste, en esta ocasión la historia de Marion Post o los primeros planos son homenajes evidentes a Bergman y particularmente a Fresas Salvajes (1951).

Allen lleva su admiración más allá y trabaja con el fotógrafo sueco Sven Nykvist creador de la atmósfera otoñal y melancólica del film, y quien fue cinematógrafo de nada más y nada menos que Ingmar Bergman. La influencia de Nykvist es mayúscula.

Allen también maneja su propio contexto y autorreferencias; una vez más el telón es la ciudad de New York, además de citas y menciones a filósofos, la cultura alemana y la pintura.

Las interpretaciones en Another Woman

Por su parte, Gena Rowland hace el mejor papel de su carrera con una interpretación impresionante, de esta mujer aparentemente fuerte pero con una escasez de emoción; Rowland es precisa, totalmente convincente, se adueño del papel y parece que nadie lo pudo haber hecho mejor.

Mia Farrow es Hope y la mujer que se escucha del otro lado, una mujer que esta pasando por una serie de cuestionamientos sobre su vida por lo que decide ir al psicoanalista. Ella se vuelve una especie de catalizador. Estas dos actrices tienen un duelo interpretativo que enganchan al espectador, ambas haciendo lo mejor; diciendo su diálogo, manteniendo miradas, silencios y transmitiendo todas las emociones posibles.

También actúan Ian Holm como un frío, calculador segundo esposo y Gene Hackman como el representante de un amor ya perdido.

Pero sin duda, el foco es robado por Rowlands como esta protagonista que está viviendo un quiebre emocional y autodecepción.

Woody Allen se torna más introspectivo e intimista

La película deja interrogantes, sacude y bofetea al espectador (De la mejor manera), afirmando que las grandes obras artísticas son aquellas que dejan preguntas, las que causan incomodidad e inquietud. Son las que traen al espectador con un nudo en la garganta, no permiten respirar y obligan a cuestionar el entorno. Tal como sucede en esta obra.

Así, Another Woman completa Interiors (1978) y September (1987), la tríada del “otro” Allen, uno más serio e introspectivo, mucho menos conocido, el que deja a un lado la parte cómica, pero ni remotamente se vuelve menos valiosa.

Probablemente es imposible privarse de unas mentiras, pues se hacen necesarias para el transcurso de nuestra existencia y sobrevivencia, sólo vamos cambiando de autoengaño. De esta forma vamos alivianando la carga de eso que conocemos como vida.

Al final, tal vez, los recuerdos sí son algo que se tiene.

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